Al final, el fracaso no es tan malo

Al final, el fracaso no es tan malo

Buenos días, buenas tardes o buenas noches, no importa a qué hora estés leyendo esto espero que estes muy bien.

Esta semana quise escribir sobre un tema del que casi nadie habla en el mundo de los negocios: el fracaso.

Quizá porque no es bonito fracasar.

Cuando una empresa cierra, un profesional pierde su trabajo o un deportista cae, solemos ver el resultado como algo negativo.

Y aunque muchas veces lo es, con los años me he dado cuenta de que algunas de las experiencias que en su momento sentí como derrotas terminaron teniendo un significado muy diferente.

Por eso quería compartir una reflexión personal.

Y cuando me puse a pensar en mis propias derrotas, me di cuenta de que la lista empieza mucho antes de los negocios.

De niño nunca fui el mejor alumno.

De hecho, recuerdo que hasta los 7 años aún no sabía leer. En mi defensa puedo decir que nunca pasé por prekínder ni kínder. De la nada aparecí en segundo de primaria. 😂

Después vino la época de no saber qué hacer con mi vida.

Estudié mecánica.
La dejé.
Estudié diseño gráfico.
También lo dejé.
Y al final terminé estudiando administración de empresas.

Luego llegaron los negocios.
Vendí llaveros.
Después abrí una panadería.
Un taller de joyería.
Una agencia de marketing.
Una consultora de marketing político.
Un SaaS para médicos.
Una APP para mamás.

Y varios proyectos más que hoy ya casi no recuerdo.

En su momento, cada cierre se sintió como una derrota.

Porque cuando estás dentro de la historia, todo parece más grande de lo que realmente es.

Piensas que perdiste tiempo.

Que tomaste una mala decisión.

Que elegiste el camino equivocado.

Pero los años tienen una forma curiosa de acomodar las cosas.

Hoy miro hacia atrás y me cuesta arrepentirme de alguno de esos intentos.

No porque hayan funcionado.

La mayoría no funcionó.

Pero todos me dejaron algo.

Conocer personas.
Aprender a vender.
Aprender a contratar.
Aprender a identificar malas ideas más rápido.
Aprender cuándo insistir y cuándo soltar.

Nada de eso estaba en los libros.

Y tampoco lo habría aprendido observando desde la tribuna.

Hace unos días veía a Ilia Topuria perder.

Y mientras todos discutían si era el fin de una era o el inicio de otra, yo pensaba en algo distinto.

Quizá es demasiado pronto para sacar conclusiones.

Porque las derrotas tienen algo curioso.

Solo entendemos lo que significaron cuando podemos mirar la historia completa.

Hoy parece una caída.

Pero nadie sabe si dentro de unos años será recordada como el principio de algo mejor, una lección importante o simplemente una noche más dentro de una carrera extraordinaria.

Y creo que con los fundadores pasa algo parecido.

Cuando un proyecto fracasa, tendemos a ponerle un punto final inmediatamente.

Pensamos que fue un error.

Que perdimos tiempo.

Que tomamos una mala decisión.

Pero la realidad es que todavía no conocemos el siguiente capítulo.

Vemos la empresa que funcionó.

La inversión que salió bien.

El producto exitoso.

Pero rara vez vemos la lista completa de intentos anteriores.

Las ideas abandonadas.

Los proyectos que murieron.

Los años donde parecía que nada avanzaba.

Quizá por eso el fracaso se siente tan solitario cuando nos toca vivirlo.

Porque normalmente solo vemos las victorias de los demás.

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