Rechacé invertir en un SaaS con más de 1.200 clientes. Te cuento por qué
Esta semana tuve que decir un no a una startup que está en pleno crecimiento y con un gran potencial para escalar.
Quiero compartir con ustedes los motivos por los cuales decidí decir no apostar, sabiendo que era un excelente deal.
Durante estos años como fundador entendí que el peor enemigo de una empresa no siempre es la competencia. Tampoco la falta de dinero, la tecnología o el mercado.
Muchas veces el verdadero enemigo es el timing.
Y no me refiero únicamente al momento de lanzar un producto. Hablo del momento en el que tomamos las decisiones que cambian el rumbo de una empresa.
Porque las oportunidades también tienen fecha de vencimiento.
Esta semana lo recordé desde un lugar diferente: como inversionista.
Hace algunos meses estuve en negociaciones para invertir en un SaaS. Analizamos el negocio, conversamos varias veces y evaluamos las condiciones. Al final no llegamos a un acuerdo.
Esta semana el fundador volvió a escribirme.
Prácticamente era la misma oportunidad.
Sigo admirando lo que están construyendo. Me sigue gustando el mercado. Y estoy 100% seguro de que los habría llevado a otro patamar con todos los recursos, la experiencia y la base de clientes que he construido a lo largo de estos años.
Pero mi respuesta fue no.
No porque el negocio hubiera empeorado.
No porque el fundador hubiera cambiado.
Simplemente porque ahora mismo estoy en otra etapa y otros proyectos.
El negocio sigue siendo atractivo.
La oportunidad sigue ahí.
Lo que ya no existe es el timing.
Eso me hizo pensar en cuántas oportunidades perdemos como fundadores, no porque sean malas, sino porque las decisiones llegan demasiado temprano o demasiado tarde.
Cuando se habla de timing casi siempre pensamos en productos.
Hi5 llegó antes que Facebook.
BlackBerry dominó el mercado antes de que el iPhone cambiara por completo la industria.

Zoom existía mucho antes de la pandemia, pero fue en 2020 cuando el mundo realmente estuvo preparado para adoptarlo de forma masiva.
Esos son ejemplos conocidos.
El timing no solo aplica a los productos. Aplica a casi todas las decisiones importantes que toma un fundador.
Cuándo levantar inversión.
Cuándo contratar.
Cuándo despedir.
Cuándo entrar a un nuevo mercado.
Cuándo cambiar de estrategia.
Cuándo vender una empresa.
Cuándo decir que sí.
Y cuándo decir que no.
Yo mismo he cometido errores en ambos sentidos.
He dejado pasar oportunidades por analizar demasiado.
También he descartado negocios que estaba convencido de que iban a fracasar y hoy son empresas exitosas.
Muchas decisiones no son buenas o malas por sí mismas. Lo que termina definiéndolas es el momento en que se toman.
Ese es el problema del timing.
Nunca sabemos cuál es el momento perfecto.
No existe una fórmula.
No hay una hoja de cálculo que te diga cuándo debes arriesgar.
La única forma de descubrirlo es actuando.
Porque esperar también es una decisión. Y, muchas veces, es la más costosa de todas.
Construir una empresa no consiste únicamente en tomar buenas decisiones.
Consiste en tomarlas mientras todavía existe la oportunidad de hacerlo.
Porque las oportunidades también tienen fecha de vencimiento.
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